jueves, 25 de febrero de 2016

La inteligencia emocional



En nuestra Escuela de padres sobre la inteligencia, también se habló de la inteligencia emocional y su

importancia en el desarrollo de los niños.

Diversas investigaciones ponen en evidencia la incapacidad del CI para predecir

el éxito en la vida. Parece ser que incluso las personas con brillantes resultados

académicos pueden ser incapaces de mantener las relaciones interpersonales, laborales

y sociales necesarias para una adecuada calidad de vida. Por el contrario personas con

resultados escolares mediocres han alcanzado sobradamente el éxito personal y social.

La Inteligencia Emocional es la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, 

de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los 

impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo

de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y la capacidad

de empatizar y confiar en los demás.” GOLEMAN (1995).

Está demostrado que las personas con IE desarrollada, es decir, aquellas

personas capaces de conocer y controlar sus sentimientos y al mismo tiempo interpretar

y relacionarse de forma adecuada con los sentimientos de los demás, son personas

triunfadoras en todos los aspectos de la vida: las relaciones amorosas y de amistad, el

trabajo y el entorno social.

Estas habilidades emocionales pueden desarrollarse si no se tienen o mejorarse si

ya las tenemos, y por supuesto, podemos enseñarlas a nuestros hijos.

Pero, veamos más detenidamente en que consisten estas habilidades.


• CONOCIMIENTO DE UNO MISMO.

Nos referimos a la capacidad de detectar y conocer nuestros propios sentimientos y

emociones.

Esta habilidad consiste en saber en cada situación cual es la emoción que sentimos y

en que intensidad. Por ejemplo, en medio de una acalorada discusión verbal, nos damos

cuenta de que “estamos enfadados” y de cómo ese enfado va creciendo por momentos si

no hacemos nada para remediarlo.

La toma de conciencia de nuestras propias emociones es la habilidad emocional

básica, la pieza fundamental donde se asienta el resto.

Según las investigaciones de ZILMAN, cuando una situación nos provoca enfado

en nuestro sistema nervioso se produce una descarga de catecolaminas que son las

responsables de que nos sintamos mal. En ese momento empiezan a aparecer los

pensamientos que echan “leña al fuego” (“será cretina, a esta no le han enseñado lo de

la distancia de seguridad”, “¡Pero mírala! encima me da las luces”, “Llegará tarde a la

peluquería”, “Porque me quedo sin coche que si no frenaba, total la culpa sería tuya”...)

Cada nuevo pensamiento produce otra descarga que se suma al efecto de las

anteriores que aun no se han disipado. Por eso al final de la cadena de pensamientos

estamos mucho más alterados que al principio y cada pensamiento negativo que

aparezca durante la secuencia tendrá un efecto más intenso que el que tendría lugar al

principio del enfado.

Cuando el enfado alcanza su máxima intensidad nuestra razón no puede intervenir lo

que puede provocar un estallido violento.

El mejor modo de terminar con el enfado es atajarlo en la primera descarga, darnos

cuenta de que nos estamos enfadando y parar la cadena de pensamientos. Cuanto antes

intervengamos en el proceso del enfado más posibilidades tendremos de frenarlo.

Otro modo de aplacar el enfado es tratar de reducir la excitación fisiológica que

produce marchándonos a un entorno en el que no hay peligro de que se produzcan

situaciones irritantes (Por ejemplo dando un paseo o cambiando de habitación). La

distracción funciona muy bien, por que pone fin a la cadena de pensamientos.


• CAPACIDAD DE AUTOCONTROLARSE.

El autocontrol emocional consiste en resistir los impulsos: no dejarse llevar por las

emociones, saber sacrificar una gratificación inmediata para conseguir otra mayor o

mejor pero que llegará más tarde en el tiempo.

BANDURA llevó a cabo un experimento para estudiar el autocontrol en los niños

pequeños. Un experimentador que estaba en la habitación con los niños les ofreció

dos posibilidades: escoger una golosina en ese momento o esperar a que él volviera

y les diera varias. Algunos niños no pudieron resistirse y cogieron la golosina, pero

otros esperaron pacientemente el regreso del experimentador, utilizando en esa espera

estrategias de distracción como jugar con algo, intentar dormir, etc...

De estos niños se realizó un seguimiento y se observó que cuando los niños que

demoraron la gratificación llegaron a la adolescencia seguían siendo niños con un alto

grado de autocontrol y con gran éxito social y escolar.

Este experimento puso de manifiesto como el autocontrol puede adquirirse a edades

tempranas y mantenerse en el tiempo, así como su importancia para desenvolverse de

forma adecuada en el entorno social.


• ESPERANZA, OPTIMISMO Y CAPACIDAD DE AUTOMOTIVACION.

Las personas con alto nivel de expectativas tienen una gran capacidad de motivarse

a si mismas, de confiar en si mismos, de asegurarse que las cosas irán mejor cuando

están pasando por un mal momento, de saber encontrar diferentes formas de alcanzar

sus objetivos o de cambiarlos cuando estos se muestran como inalcanzables, y de saber

descomponer una tarea en otras más sencillas. En definitiva, son personas que no se

rinden ante la adversidad y que no se permitan caer en la desilusión y la desesperanza.

Las personas optimistas consideran que los fracasos se deben a algo que puede

cambiarse, y que la próxima vez que se dé una situación parecida se podrá obtener un

mejor resultado. Creen que tienen el control de su vida y que pueden hacer frente a los

problemas.


• EMPATIA.

La empatía es la capacidad de saber lo que sienten otras personas, es más, de

ponerse en su lugar, de sentir con ellos.

El requisito previo para la empatía es el conocimiento de las propias emociones, y

saber captar e interpretar las expresiones no verbales.

La empatía exige tranquilidad emocional y sensibilidad para captar las señales

sutiles que constituyen el mensaje emocional de los otros y poder reproducirlas nosotros

mismos.

La empatía se manifiesta en algunos niños desde que son muy pequeñitos. En su

primer año de vida sus manifestaciones empáticas se limitan a imitar gestos expresiones

faciales, como el llanto de otro niño o sus expresiones de dolor.

Después del primer año, cuando empiezan a tomar conciencia de que son una

entidad separada de los demás toman una actitud más activa frente a las emociones de

los otros, tratando de consolarlos, buscando a un adulto para que le ayude, etc...

Hacia los dos años, los niños comienzan a entender que los sentimientos de los

demás son diferentes a los propios y así se vuelven más sensibles a las pistas que le

permiten conocer cuales son realmente los sentimientos de los demás.

En la última fase de la infancia aparece un nivel más avanzado de empatía y los

niños pueden percibir el malestar más allá de la situación inmediata y comprender

que determinadas situaciones personales pueden llegar a constituir una fuente de

sufrimiento.

La empatía exige tranquilidad emocional y sensibilidad para captar las señales

sutiles que constituyen el mensaje emocional de los otros y poder reproducirlas nosotros

mismos.

La empatía se manifiesta en algunos niños desde que son muy pequeñitos. En su

primer año de vida sus manifestaciones empáticas se limitan a imitar gestos expresiones

faciales, como el llanto de otro niño o sus expresiones de dolor.

Después del primer año, cuando empiezan a tomar conciencia de que son una

entidad separada de los demás toman una actitud más activa frente a las emociones de

los otros, tratando de consolarlos, buscando a un adulto para que le ayude, etc...

Hacia los dos años, los niños comienzan a entender que los sentimientos de los

demás son diferentes a los propios y así se vuelven más sensibles a las pistas que le

permiten conocer cuales son realmente los sentimientos de los demás.

En la última fase de la infancia aparece un nivel más avanzado de empatía y los

niños pueden percibir el malestar más allá de la situación inmediata y comprender

que determinadas situaciones personales pueden llegar a constituir una fuente de

sufrimiento.

Los niños se muestran más empáticos cuando su educación incluye toma de

conciencia del daño que su conducta puede acarrear a otros. Por ejemplo, cuando un

niño muerde a otro niño, decirle que se fije en el dolor que siente el agredido, en sus

lágrimas ¿Cómo te sentirías tú si te hubiera mordido él?

También influye la forma en que las personas que rodean al niño reaccionan ante el

sufrimiento ajeno.

El autocontrol y la empatía son la base de las relaciones interpersonales. Saber leer

las emociones ajenas y expresar las nuestras de manera adecuada es fundamental para

establecer vías de comunicación satisfactorias.


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